Nos levantamos temprano ese día con tu mamá. Un día lindo, caluroso con el cielo despejado.
A pesar de la tremenda ansiedad que generaba el saber hasta la hora de tu nacimiento, creo que dormimos bien la noche anterior. Hablamos mucho de ti, de cómo serias, de nuestros nervios porque todo saliera bien y de la pequeña organización que significaba llevar a tu mamá a la clínica.
Ella debía estar allá a las 11:30 am y antes de eso, obvio, se le ocurrió hacer mil cosas. Que ir a la peluquería, que depilarse, que acompañar a tu abuela a comprar una cámara de fotos, etc. Pero a esta altura ya debes estar acostumbrada…
Ya en la clínica los nervios se hicieron presentes. A tu mamá le transpiraba todo. Todo. Peor que cuando nos casamos. Nos fue a visitar la matrona y se calmó un poco, nos explicó el proceso, los tiempos, cuál era mi rol (ninguno) durante el parto, etc. A pesar que nos atrasamos un poco, pues se suponía que entrábamos a pabellón a las 14:30 y finalmente lo hicimos a eso de las 15:45 fue todo tan rápido que ni te alcanzas a dar cuenta qué es lo que está pasando a tu alrededor.
Tu mamá pasa primero para que la preparen y yo entro cuando ya está todo listo y dispuesto. Me siento a un costado de tu mamá, a la altura de la cabeza, le beso la frente y la veo nerviosa. Le hablo al oído para tratar de tranquilizarla, pese a que yo igual estaba como canasto de guatitas, pero no podía permitir que se notara. Escucho hablar a los doctores, puras cabezas de pescado. A tu mamá la mueven para todos lados, pero no siente dolor. Veo sangre y la matrona se acerca para distraernos un poco. Y mientras todo esto pasaba a mil por hora al lado nuestro, te vemos pasar rápidamente a la sala contigua, no hubo llanto ni escándalo. Me preocupo, mucho, pero mantengo la compostura por tu mamá. Le digo que todo está bien. Pasan unos minutos y me llaman. Voy a la salita de al lado.
Y ahí, en una especie de cuna temperada con luz, veo un cuerpecito morado de espalda quejándose suavemente mientras muchas manos lo inspeccionan al mismo tiempo. Me dicen que esté tranquilo. Pero gracias a mi ignorancia en temas médicos ni siquiera sabía si eso era normal o no. Me dicen que todo es parte del procedimiento y te meten unos tubitos por la boca para botar líquido. Te mueven. Otro tubito. Y de repente, llanto, gritos, todo saliendo de ese cuerpito ínfimo sobre la cuna. Música para mis oídos, y por fin respiro profundo y tranquilo. Por fin.
Luego de que te pesan y miden te llevo donde tu mamá. Te sostengo al lado de ella, y por primera vez en nuestras vidas compartimos los 3 en la misma habitación, en el mismo metro cuadrado. Te miramos y eres perfecta. No te sobra y no te falta nada. Sanita como dicen las viejas. Tu mamá te mira fijo, y yo la miro a ella, te juro que jamás voy a ver tanto amor en la mirada de alguien como lo vi ese día en la de ella hacia ti. El momento sólo dura un respiro y me piden que salga porque tu mamá necesita descansar, así que me llevan para mostrarte donde tus abuelas que estaban esperando afuera en un mostrador y ya todo sigue su curso.
Ya hacen 20 días de eso.
Ya estás en casa ahora, sin tanta visita, sin tanto regalo, y sin tanto brazo extraño. Hoy sólo estamos los 3. Despertamos los 3 y nos acostamos los 3 y el resto no importa.
Tienes tu moisés pegadito a nuestra cama, pero eres pilla y ya nos sacaste la foto. Reclamas un poquito y nos ablandas tanto que te pasamos rápido a la cama con nosotros, al medio, entre cojines. Y como si lo supieras, sonríes. Has sonreído cada vez que te acostamos con nosotros. Increíble. Y todo vale la pena. Verte dormir tranquila, sin preocupaciones, sana y rosadita, pensar en qué sueñas (si es que sueñas), hablar sobre si ya nos reconoces o no, si te gusta el calorcito de estar cerca de nosotros, tomar tu manito, besarte la frente. Nunca me cansaré de besarte la frente, así que acostúmbrate porque te voy a dejar en vergüenza donde sea que te pille.
Bebé, llegaste para hacernos dormir menos y más ligero. Y en 20 días has alterado más nuestras vidas de lo que nada más lo había hecho. Andamos con 10 bultos donde sea que vayamos y contigo al hombro más encima. Pero somos felices. Más que nunca. Y también nos convertiste al segundo en unos padres aprensivos. Todo nos da miedo, todo lo pensamos 2 veces: te quejas y saltamos a verte, haces un ruidito mínimo y corremos a tu lado. No nos gusta que nadie te tome que no seamos nosotros y nos pone nerviosos pensar que algo te pueda pasar. Cualquier cosa.
Pero no te preocupes, sólo vas a tener que lidiar con nosotros unos 20 o 25 años, o toda tu vida, en el peor de los casos. No es mucho, cierto?
Te amamos, mi cuellito de tortuga.
No hay comentarios:
Publicar un comentario