Resulta
que ser papá ahora no es lo mismo que hace 20 o 30 años atrás. Antes era más
fácil, creo. El papá se preocupaba por trabajar y ganar plata y la mamá en la
casa cuidando a los niños y manteniéndola. Súmale a eso que las abuelas también
se dedicaban al hogar y eran apoyo constante a las madres nuevas.
Hoy no
es así. Todos trabajamos, todos tenemos horarios que cumplir, lugares donde
estar y responsabilidades laborales. Y lamentablemente eres tú quien sufre
algunas consecuencias…
No ha
sido fácil decidir por ti. Tener que dejarte en una Sala Cuna, u optar por que
alguien te cuide en la casa. Ambos con pros y contras. Y ojo, que entre tanta
indecisión hemos pasado por varias opciones, combinaciones y en distintos
momentos hemos estado seguros que una u otra era la mejor. Y así fue como
optamos por la Sala Cuna, para desarrollar tus habilidades sociales, para que
no te aburrieras, para que tuvieras contacto con otros niños… y al final, en
más de un mes, sólo has ido 2 semanas porque el resto las pasaste enferma.
Y ahora
volvemos a la opción inicial. Dejarte en la casa con una nana.
La
elegida es la Lidia, una vieja conocida de la familia. Es buena del verbo buena
y honesta del verbo honesta, nada que decir. Le tenemos mucha confianza y
creemos que será muy responsable contigo, ¿el problema? El problema es que es
algo… pava. Y lenta. O sea, no es lenta… es lenta, lenta, lenta. Es más lenta
que tsunami de manjar, más lenta que patada en la luna, más lenta que… bueno,
ya entiendes la idea.
Partes la
próxima semana de nuevo con este sistema y esperamos haber decidido bien.
Cuidarte y hacer lo mejor para ti es lo único que importa. Porque el resto en
verdad ya no pesa mucho. Ahora sí, tu mamá y yo estamos sobrepasados. No es
fácil ser papás.
Tú eres
una bebé preciosa, te portas bien, eres rica y amorosa, y aún así, nos demandas
tanto, tanto, tanto. No sé si tiene que
ver con los tiempos de ahora, con nuestros trabajos, con no parar en todo el
día, con el acto inmenso de generosidad que implica ponerse a uno mismo en
segundo plano para atenderte sin pedir nada a cambio, pero estamos en el límite
de la superación.
Y aún
así, mi bebé, con el cuerpo cortado, las ojeras hasta el piso, el malhumor y el
cansancio de llegar a casa y saber que el turno recién está empezando, tú lo
arreglas todo. Y es que no es sólo el hecho de estar agotado sino además la
inevitable sensación de angustia y culpabilidad de tener que dejarte todo el
día con alguien que no somos nosotros…
Y es
algo que no vas a entender hasta que tengas tus propios hijos, que aún así todo
vale la pena. Saber que ya nos reconoces, que sólo nos miras llegar y se te
ilumina la carita y empiezas a estirar los brazos para que, cuando te tomamos
nos das unas palmaditas arrítmicas en el hombro como tal vez queriéndonos decir
“tranquilo, papá, yo estoy bien, yo entiendo que tienen que estar fuera de la
casa todo el día…” Sólo eso, hace que todo de lo mismo y nos hace explotar el
corazón.
Saber
que para ti el momento más feliz del día es estar los 3 solitos en la cama
regaloneando, viéndote rodar sobre tu espalda para abrazar a tu mamá, para
luego rodar de vuelta y abrazarme a mí, y repetirlo mil veces hasta que te da
el sueñito y te duermes con una sonrisa en la boca de saber que estás bien,
segura, calientita y con tus papás a cada lado. Ver que cuando te enfermas,
eres una cachorrita que instintivamente nos buscas para quedarte tranquila y
esperar que nosotros hagamos algo para que te sientas mejor… ayer dormiste mal,
te sentíamos quejar en tu cuna y te pasamos con nosotros. Acto seguido cierras
los ojos, sonríes inconsciente y abrazas el brazo de tu mamá con tus manitos
mínimas. Listo, eso era todo. Sólo querías estar con nosotros para sentirte
mejor.
Tu sonrisa,
bebé, tus ojitos de amor cuando nos miras, tus bracitos estirados pidiendo
consuelo o seguridad… eso es todo lo que hace falta para darnos energía y
fuerza para seguir adelante con esto que es nuevo para nosotros, eso que algunos
llaman ser papás y nosotros llamamos ser felices. Felices de a tres.
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