martes, 22 de abril de 2014

Ignacia

Mientras escribo esto, tu mamá sigue reclamando que no te escribo. Prefiero no contarle para que siga pensando que soy pelmazo, cuando en verdad soy macanudo. Guaja.

Y bueno, ¿cómo empiezo? Por el principio, supongo.

Según el Dr. Momia (tu mamá no aprende, eligió al mismo matasanos que con la Leonor), ibas a nacer mañana Miércoles 23 de abril, y ya estaba todo listo y dispuesto para que fuera así; pasajes comprados, permisos pedidos y aprobados, todos avisados. Pero no, el Momia quería ser figura. Y sobre la marcha nos cambió la fecha, la adelantó 1 día así sin más, porque sí. ¿Y qué hicimos? Correr. Yo en Antofagasta, tuve que salir volando del trabajo, hacer la maleta, llegar al aeropuerto, llorarle a la supervisora de la aerolínea que me cambiara la fecha del pasaje e intentar llegar a Viña lo antes posible. 12 horas duró mi viaje en total, pero llegué el 21 en la noche. Gracias, Momia.

Ya estando en Viña, el resto era cuesta abajo. Hoy salimos a la clínica temprano y sin apuro, tu mamá estaba igual de nerviosa que cuando nació la Leonor. Tu abuela Paty y tu hermana también estaban ahí, esperándote.

A las 13:00 llegó tu abuela Nora y tu tía Cata y justo a esa hora nos fueron a buscar para entrar a pabellón. Preparan a tu mamá, me disfrazan a mí y partimos. Igual que la vez anterior me hacen esperar fuera del pabellón mientras arreglan todo. Cuando entro ya está casi todo listo, tu mamá ya está anestesiada y yo trato de mirar para ningún lado salvo a ella para no desmayarme.

Me siento al lado, y trato de conversarle a tu mamá, de distraerla mientras los doctores hacen su trabajo (sabes que naciste por cesárea) y, de repente, llanto. Magia. Te limpian un poco y te ponen al lado de nosotros, vienes llorando, pero cuando llegas te quedas tranquila, como si supieras quienes somos.

Naciste un Martes 22 de Abril, a las 14:00 exactas. Pesaste 2,85 Kg y mediste 47,5 cm.

Acompaño a la Matrona y a la neonatóloga mientras de examinan, te pesan, te miden, te lavan, te vacunan, etc. Todo normal. Y tú, siempre tranquila.

Eres chiquitita, mucho más que le Leonor y ya en 2 años y medio perdí la práctica, me dio nervio tomarte, despacito, suavemente. Y tú, siempre tranquila.

No te voy a mentir. La segunda vez ya no todo es nuevo, ya conocemos los procedimientos y sabemos lo que viene. Ya hemos aprendido a ser papás. No todo nos da miedo y no todo nos pone nerviosos, sabemos mejor cómo reaccionar y qué cosas son normales y cuáles no. Probablemente seamos menos aprensivos contigo de lo que fuimos con tu hermana. Probablemente te vas a caer más, vas a tener rodillas con más raspones y más machucones en la cabeza. También vas a tener menos ropa nueva y en algunas fotos te preguntes por qué esa ropa se parece tanto a la que usaba la Leo (guaja).

Ya estás acá y estamos felices. Tú hermana también. Tuvimos miedo que se pusiera celosa, pero está feliz. Te adora. Te cuida. Te hace cariños y te da besos. Puede ser que influyera un poco que al nacer, de regalo  le trajiste una princesa, puede ser. Ya vas a tener tiempo de conocerla, tendrás mucho tiempo, verás que desde siempre ella estuvo ahí contigo, verás las fotos en las que sólo tienes horas de nacida y ella, chiquitita también, te tiene en brazos y te mira con ojitos de sorpresa, de curiosidad, pero sobre todo, de amor. Recién están comenzando una larga vida juntas.

Ahora estamos los 3 en la habitación de la clínica, las visitas se fueron y tu hermana también, tiene que descansar, fue un día largo para ella. Ya en unos días estaremos los 4 en nuestra casa.


 Los cuatro.

viernes, 18 de abril de 2014

Las hermanas

(Cuando dije que pretendía escribir más seguido, lo dije en serio, ¿ven?)

¿Cómo le explicas a una niñita de 2 años que va a llegar una hermanita? ¿Cómo haces para que cuando entienda lo que pasa no sienta celos?

Cuando supimos que un nuevo bebé venía en camino, la Leo aún no cumplía 2 años. Si no me equivoco faltaban aún dos semanas para eso y sin embargo fue ella la que me dio la bolsa con la sorpresa adentro. Pero claro, no tenía idea de qué se trataba. Luego, de a poco la guata de su mamá fue creciendo y creciendo, y creciendo (vieran) y junto con eso entendimos que no podíamos seguir viviendo en un departamento. Nos iba a quedar chico. Y aunque no fuera en extremo así, tuvimos la opción de cambiarnos a una casa, más grande, con patio para que jueguen, en un condominio para que tengan amiguitos  y cerca de la Tita y el Tata.

Ya en la casa nueva, no sólo la guata de su mamá avisaba que algo venía, también de pronto nuestro espacio se empezó a llenar nuevamente de ropa en miniatura, juguetes de bebé y una cuna. Ahí fue cuando la Leo entendió o pareció sospechar lo que estaba pasando. Cuando en su pieza apareció una cama más, que no era para ella, cuando en el clóset empezamos a guardar ropa que era muy chica para usarla. Algo raro pasaba.

De a poco y probablemente inconscientemente, todo eso empezó a afectar a la Leo. Súmenle el cambio de casa, el que yo estaba lejos, el cambio de Jardín Infantil y ahora la “invasión” que significaba el nuevo bebé. No fue fácil. No sé si llamarlo “celos” o más bien ansiedad, tal vez hasta algo de angustia.

A esta altura recién estás dominando el lenguaje, recién aprendiendo a comunicarte, por lo que expresar lo que sientes tiene que ser complicado; y entonces lo expones a través del comportamiento.

Insomnio, porfía, llanto. Hasta sonambulismo.

Tuvimos que partir con la princesa grande al psicólogo (sí, si sé que su mamá es psicóloga, pero anda a explicarle eso a ella). Flores de Bach fue la respuesta, 4 gotas, 4 veces al día; y contra todo pronóstico, resultó. De a poco se fue ordenando el sueño, también el comportamiento. Las tías del Jardín notaron la diferencia y nosotros también, la Leo ya no despertaba en las noches haciendo escándalo.

No sé si lo entiendes. No sé si simplemente fue una etapa de cambios que tuvimos que superar. No sé si estás preparada ya para recibir a Ignacia en unos días más. No es lo mismo tener la ropa y la cuna en tu pieza que ahora tener que compartirla con una bebé. Compartir la pieza, al papá y a la mamá que hasta ahora sólo se preocupaban por ti. Darle espacio a una personita que ante tus ojos hace poco no existía, no debe ser fácil, fuiste la primera en todo, la primera hija, la primera nieta, la primera bisnieta. Pero cualquier problema, de seguro no durará mucho, querrás cuidar y tomar a la bebé tanto como nosotros, quizás más.


Ignacia ya es parte de nuestras vidas. Hace rato que somos familia y lo seguiremos siendo, sólo que ahora seremos 4.

jueves, 17 de abril de 2014

A una semana

Cuando supe la noticia, me propuse poder seguir escribiendo como lo hice la primera vez, pero no ha sido fácil. No es excusa, pero sí una disculpa. No he querido hacer diferencias, pero no pude evitar que la vida las hiciera por mí.

La última vez que escribí fue hace 5 meses, y las cosas siguen igual. Yo lejos de ustedes y sin tener claro cuándo podremos volver a estar juntos.

Bueno, no todo sigue igual. O al menos, no lo seguirá siendo a partir de esta carta. Desde ahora voy a escribir en plural, no sé si todas, pero varias cartas. Desde ahora ya no sólo le escribo a mi princesa, también lo hago pensando en mi princesa menor. Porque eso serán, dos princesas, dos niñitas lindas que son el regalo que nos ha dado la vida (gracias, Odín); una que ya está con nosotros y la otra que llega en una semana más. No queda nada.

Se darán cuenta cuando sean grandes que para una mujer tener un hijo/a es algo que se siente desde el primer momento, una conexión inmediata con el ser que llevan dentro y que genera lazos a niveles que un macho alfa como yo jamás podría entender.

Los hombres, por otro lado, somos distintos. Nos cuentan que vienen, sabemos que están en la guata, hasta podemos sentirlas a través de la piel, pero no es lo mismo. Uno no se siente papá hasta que las tiene en las manos. No es frialdad, simplemente así es la naturaleza, o al menos así fue como lo sentí yo. A las dos las esperé con ansiedad, insomnio y hasta antojos (pregúntenle a su mamá), pero también con dudas. No es fácil que te digan que en un par de meses una vida dependerá de ti, que serás responsable por una personita en miniatura, de criarla, darle valores y enseñarle un buen ser humano, que deberás cuidarlo cuando enferma, ver que no le falte nada, etc. y todo eso pesa. Harto.

Contigo, Leonor, fue difícil. Pero contigo, Ignacia, lo ha sido más aún.

No sólo me complica la responsabilidad, me angustia estar lejos. Me cuestiono qué tan buen papá soy si he estado lejos todo el embarazo, si no he podido acompañar a su mamá al doctor, a los controles, ayudarla, estar ahí. Me siento culpable por no estar ahí; por no poder hablarte a través de la guata, por no poder sentir tus pataditas, verte en las ecografías, escuchar tu corazón, por no poder sentirme parte de tu proceso en búsqueda de la vida.

Y por lo mismo creo, no me he sentido involucrado tanto ni lo he buscado, aunque suene frío. Porque sé también que cuando te tenga en mis brazos ya no voy a querer soltarte más y que en ese segundo todo a lo que quise hacerle el quite estos meses se va a dar, y no voy a poder evitar amarte con todo. Pero con eso viene la parte difícil. También viene extrañarte cuando tenga que irme.

Y es que si en su momento fue complicado echar de menos a su mamá y la Leo, ahora estar lejos de las 3 será titánico. Imposible. Tengo miedo de no poder hacerlo, y es primera vez que lo digo (escribo) y caigo en cuenta de lo que eso implica. Voy a tener que despedirme no de dos sino de 3 de las personas que jamás debiera estar lejos.
Ayer su mamá me mandó unas fotos en las que salen las 3, ella sentada, la Leo tocando su guatita y la Ignacia adentro, a punto de reventar ya. Lindas todas.

Y ya sólo queda una semana, un puñado de días y seremos 4, y se me sigue apretando la guata al pensarlo. Pero es un día que espero hace mucho.


Sólo un par de días más.