jueves, 17 de abril de 2014

A una semana

Cuando supe la noticia, me propuse poder seguir escribiendo como lo hice la primera vez, pero no ha sido fácil. No es excusa, pero sí una disculpa. No he querido hacer diferencias, pero no pude evitar que la vida las hiciera por mí.

La última vez que escribí fue hace 5 meses, y las cosas siguen igual. Yo lejos de ustedes y sin tener claro cuándo podremos volver a estar juntos.

Bueno, no todo sigue igual. O al menos, no lo seguirá siendo a partir de esta carta. Desde ahora voy a escribir en plural, no sé si todas, pero varias cartas. Desde ahora ya no sólo le escribo a mi princesa, también lo hago pensando en mi princesa menor. Porque eso serán, dos princesas, dos niñitas lindas que son el regalo que nos ha dado la vida (gracias, Odín); una que ya está con nosotros y la otra que llega en una semana más. No queda nada.

Se darán cuenta cuando sean grandes que para una mujer tener un hijo/a es algo que se siente desde el primer momento, una conexión inmediata con el ser que llevan dentro y que genera lazos a niveles que un macho alfa como yo jamás podría entender.

Los hombres, por otro lado, somos distintos. Nos cuentan que vienen, sabemos que están en la guata, hasta podemos sentirlas a través de la piel, pero no es lo mismo. Uno no se siente papá hasta que las tiene en las manos. No es frialdad, simplemente así es la naturaleza, o al menos así fue como lo sentí yo. A las dos las esperé con ansiedad, insomnio y hasta antojos (pregúntenle a su mamá), pero también con dudas. No es fácil que te digan que en un par de meses una vida dependerá de ti, que serás responsable por una personita en miniatura, de criarla, darle valores y enseñarle un buen ser humano, que deberás cuidarlo cuando enferma, ver que no le falte nada, etc. y todo eso pesa. Harto.

Contigo, Leonor, fue difícil. Pero contigo, Ignacia, lo ha sido más aún.

No sólo me complica la responsabilidad, me angustia estar lejos. Me cuestiono qué tan buen papá soy si he estado lejos todo el embarazo, si no he podido acompañar a su mamá al doctor, a los controles, ayudarla, estar ahí. Me siento culpable por no estar ahí; por no poder hablarte a través de la guata, por no poder sentir tus pataditas, verte en las ecografías, escuchar tu corazón, por no poder sentirme parte de tu proceso en búsqueda de la vida.

Y por lo mismo creo, no me he sentido involucrado tanto ni lo he buscado, aunque suene frío. Porque sé también que cuando te tenga en mis brazos ya no voy a querer soltarte más y que en ese segundo todo a lo que quise hacerle el quite estos meses se va a dar, y no voy a poder evitar amarte con todo. Pero con eso viene la parte difícil. También viene extrañarte cuando tenga que irme.

Y es que si en su momento fue complicado echar de menos a su mamá y la Leo, ahora estar lejos de las 3 será titánico. Imposible. Tengo miedo de no poder hacerlo, y es primera vez que lo digo (escribo) y caigo en cuenta de lo que eso implica. Voy a tener que despedirme no de dos sino de 3 de las personas que jamás debiera estar lejos.
Ayer su mamá me mandó unas fotos en las que salen las 3, ella sentada, la Leo tocando su guatita y la Ignacia adentro, a punto de reventar ya. Lindas todas.

Y ya sólo queda una semana, un puñado de días y seremos 4, y se me sigue apretando la guata al pensarlo. Pero es un día que espero hace mucho.


Sólo un par de días más.

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